“Déjenme morir, nadie me quiere”

Los dias como ayer, veinticuatro de junio son días muy especiales; una de las peculiaridades de ese día es la constante lluvia que visita los múltiples festejos hacia los Juanes o Juanas que celebran su honomástico.  
Nosotros por nuestra parte, como a las ocho de la noche nos dirijimos a Pescadores -un ranchito como a diez minutos de La Piedad, rumbo a Manuel Doblado- para festejarle a mi suegro su santo e ir a visitar a la familia de mi esposa. Comimos tamales con refresco (bueno, honestamente yo no probé bocado pues desde hace unos días me andan doliendo las tripas).
Cayó una tormenta tremenda. El granizo, el viento y el frío, contrastaban con los charcos que reflejaban las luces de mi carro cuando ya íbamos de regreso a casa, como a eso de las diez.
El manejar por carretera en esas circunstancias se tornaba peligroso, lo mojado de la carretera, la poca visibilidad y la lluvia constante, hacían que manejara con extrema precuación mi ya anciano vocho blanco.
Cuando llegamos al antronque hacia la carretera a Santa Ana, pude observar a travez del parabrisas, una imagen que no creo olvidar jamás: tendido entre las boyas, yacía un cuerpo humano que seguramente había sido víctima de un accidente. Mi esposa se asustó cuando grité que alguien estaba atropellado sobre la carretera. Frené mi auto peligrosamente y lo orillé a unos metros de donde había ocurrido el accidente. Ignorando las precuauciones que me advertía mi esposa, salí del auto corriendo y esquivando los vehículos que en su mayoría eran camiones pesados y que circulaban a gran velocidad. Antes de llegar al lugar, pude ver que se trataba de una mujer que yacía a unos centímetros del paso de las llantas de los pesados tráileres que al parecer, no se percataban del riesgo de pasar por encima de aquel cuerpo. Antes de llagar con ella, pude ver a tres personas que contemplaban a la accidentada desde el otro lado de la carretera y no tardé en preguntarles si la conocían.
-¿Conocen a esa persona?
-Sí, la acaban de atropellar -dijo una mujer que se cubría de la lluvia con su bolso de mano.
 
Sin esperar más, llegué con la mujer y traté de evaluar la situación. Era una mujer de treintaicinco años, más o menos; por su vestimenta, seguramente era de las trabajadoras de las cantinas que estaban a orillas de la carretera y sus ojos estaba entreabiertos.
 
-¡Señora!, ¡señora!, -le gritaba sin tocarla y sintiendo el viento de los autos que pasaba  a escasos veinte centímetros de nosotros. -¡señora, conteste, me puede escuchar?…Dígame cómo se llama…
La mujer movió los párpados y sólo vi que ariculó los labios para hablar. Y volvió a cerrar los ojos.
-¡Despierte, no se duerma, trate de estar consciente, va a estar bien, dígame si siente donde la toco! -le toqué las manos y no se quejó, le jalé los desnudos dedos de los piés y tampoco se inmutó. Cuando le palpé el abdomen lanzó un quejidor desgarrador y le pregunté si algo más le dolía. Dijo que no.
Les llamé a las tres personas que estaban observando todo aquello y a una de ellas le dije que desviara el tráfico; a las otras dos les pedí me ayudaran a poner a la mujer a menos distancia de las llanatas de los coches y así lo hicimos. Llegó una persona uniformada de policía -o algo así- y le dije llamara a la ambulancia.
 
-Ya la pedí, van a tardar de tres a cinco minutos…¿Qué le pasó a la señora?
-Al parecer le dieron un golpe con el costado de un carro; no tiene sus extremidades rotas, parece es sólo un golpe en el abdomen, a juzgar por el espejo de auto que quedó tirado junto a ella, fue sólo el golpe a la altura del estómago.
 Un tipo cogió el espejo, lo miró detenidamente y dijo que era de una camioneta chica, posiblemente de una datsun.
Llegaron gritando varias muchachas provenientes de las cantinas cercanas y empezaron a gritarle a la mujer.
-¡Pendeja, cómo se te ocurre atravesarte! -decía una y la otra interrumpía- ¡Estúpida, pa´que se te quite lo pendeja!-
-Muchachas, por favor -les dije en seco levantando la voz- ella está convaleciente y ustedes vienen a ofenderla. Apòyenla, denle ánimos y no dejen que se duerma. a ver, tú -le dije a una que traía una chamarra café- quítate la chamarra y pónsela encima. Así lo hizo.
Recuerdo bien la escena: la lluvia mojaba los rostros de los cinco o seis que ya éramos en ese momento y las luces de los camiones seguían advirtiendo el inminente peligro. Mi esposa observaba desde lejos que ahí ocurría y quise decirle que no se preocupara; pero estaba primero aquella mujer que, vestida de falda corta de color rojo y una blusa negra, dejaba salir dos lágrimas al tiempo que decía "déjenme morir, nadie me quiere"…
a lo lejos se vieron las luces de la ambulancia que, con un sonido ensordecedor, se estacionó cerca del lugar del accidente. La gente que estaba alrededor de la chica, no dejaba de hablar mientras los paramédicos trataban de tomarle el pulso, escuchar el latidio de su corazón y hacer un análisis de su situación. Me le acerqué al que estaba con estetoscópio en mano y le dije al oído que contaran conmigo para cualquier cosa. Me preguntó si sabía qué había ocurrido; le dije lo que había visto y hecho. Me gradeció la información y me pidió les ayudara a subir a la mujer a la camilla. No fue difícil.
 
Cuando la ambulancia se retiró entre los autos me di cuanta yo estaba empapado y enlodado del pantalón. Vi por último a los que ahí estaban y decían lo que habían visto, hecho y escuchado. Yo me alejé lentamente del lugar. Cuando subí al auto, mi esposa estaba notablemente nerviosa y con los ojos llorosos. Me dijo que había estado preocupada y que procurara no arriesgarme sin pensarlo bien. Le pedí disculpas y nos fuiemos a casa.
Llegamos a la casa y no había luz, nos dormimos temprano con el pequeño Dany en medio de la cama…
 
La noche estaba realmente oscura…
 
Tleluz
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