La danza de los machetes…

Le pedí permiso a mamá para ir temprano a la escuela. Entrábamos a la una con cuarenta; pero en esa ocasión, salí de la casa después de las doce.
Seguramente Víctor Hugo estaría esperándome cerca de la escuela, así fue. Juntos nos dirigimos a True Value, una mega ferretería que acababan de inaugurar dos meses antes. De esa manera y con setenta pesos en la bolsa, fuimos a comprar un par de machetes que necesitábamos para la materia de Artísticas para interpretar la famosa "danza de los machetes" que nuestra profesora nos había encomendado.
Después de haberlos pagado y habiéndonos dirigido a la escuela, coqueteamos con algunas ideas locas propias de los adolescentes:
-Qué wey -le dije a Víctor Hugo- se me hace que te encajo este machete y me quedo con el tuyo también…
-Po`s si quieres nos aventamos unas espaditas a ver quién es más chingón…
 Y de esa manera empezamos a creernos espadachines haciendo sonar los machetes cada que, a gran velocidad, chocaban en el aire. Después de que nos cansamos de aquella peligrosa idea, tomé mi recién adquirida "arma blanca" y le dije a mi compañero:
-Fíjate wey, fíjate como rebano esa higuerilla de un sólo tajo…
Sin pensar en las consecuencias, tomé vuelo y dejé escapar un veloz machetazo a la desafortunada planta que estaba frente a mí y en fracciones de segundo me percaté que, por el peso y tamaño del machete, se fue mucho más allá de mi objetivo terminando en la mano derecha de Víctor Hugo.
-¡¡¡Ahhhhh!!! -gritó llevándose la mano izquierda a la herida que no tardó en teñirse de rojo.
Tiré el machete sintiendo crecer mi asombro cuando al quitarle la mano izquierda, me di cuenta que su derecha estaba bañada en sangre. No sabía dónde estaba la herida; pero donde fuera, debería ser verdaderamente grande porque, con cualquier movimiento, el hilo de sangre se hacía más intenso.
-Siéntate wey, deja sacar hojas de papel para limpiarte la sangre.
Lo senté a un lado de la higuerilla -que ahora era la mitad de su tamaño- y empecé a limpiar la sangre. No lo podía creer, en la herida, en la base de su dedo índice, ¡¡¡Se alcanzaba a ver el hueso!!! Casi caigo desmayado. Me quité la bata de taller y cubrí su mano con fuerza.
-No chingues wey, ya me mataste…
-Aguanta wey, voy por ayuda, aquí te esperas…
-Pos ni modo que me vaya wey, me estoy desangrando… -Y se quejaba amargamente.
Con una rapidez inaudita, lo recargué en la pared de una casa y corrí como nunca tres cuadras en dirección a la escuela donde estaba la base de la Cruz Roja.
Cuando llegué, jadeando, sudando, preocupado y nervioso, le conté a un tipo lo sucedido. Sin más, nos subimos a la ambulancia y recorrimos las tres cuadras en dirección a mi compañero. La escena que se presentó ante mis ojos, nunca la olvidaré: tendido en la banqueta, con la bata envuelta en su mano, yacía inconsciente Víctor Hugo con un color de piel casi transparente. Creí que había muerto.
Los paramédicos le quitaron la bata de su mano, la pusieron debajo de su nuca y lo despertaron hablándole y dándole pequeños golpes en la cara. Fue un gran alivio ver que despertó.
Lo subieron a una camilla y me fui con él en la parte trasera de la ambulancia. También subí el par de machetes. Uno estaba bañado de sangre. Recuerdo que en el trayecto me asustó el alarmante sonido de la sirena que advertía una urgencia; tomaba a Víctor hugo de la pierna y le decía que todo iba a salir bien, que no se preocupara. Él, semi inconsciente, me miraba confundido.
Cuando llegamos al Hospital Civil, lo metieron rápidamente a urgencias, yo, bajé temeroso de la ambulancia con mis dos machetes. La gente me veía asustada cuando observaba que uno de ellos estaba teñido de rojo.
 
Al cabo de dos horas -aproximadamente- salió en pié mi compañero con una venda enorme en su mano y en la otra mi bata hecha chicharrón producto de la sangre seca.
 
-Qué wey, ¿ya la libraste? -le pregunté esperando una mentada de madre.
-Ya wey…nomás me cosieron…vámonos a la escuela…
En eso salió un doctor tras él. Me miró fijamente y con un gesto de benevolencia me interrogó.
-Qué pasó, chavo…querías cortarle las uñas a tu compañero…
Le expliqué lo sucedido. Luego le pregunté cuánto iba a ser de la curación. Me sonrió y dijo que nada; pero que tuviéramos cuidado con esos machetes.
 
Pasaba de las tres de la tarde. Yo traía hambre. Víctor Hugo también.
-Traigo hambre wey…y no traigo ni un quinto. Todo me lo gasté en estos pinches machetes. -Me vió a los ojos y buscó con su mano izquierda en su bolsillo. Sacó unas monedas, las contó y dijo que alcanzaba para el camión y un par de gansitos.
Comimos gansitos y llegamos en camión a la escuela. Explicamos lo que había pasado y nos dejaron entrar. Víctor Hugo no fue a clases por una semana por órdenes del director.
 
Víctor Hugo tuvo pronta recuperación, a veces que me lo encuentro y le pregunto por su herida me dice que le duele cuando se golpea o cuendo hace mucho frío. Dice que a veces le duele cuando escribe.
 
De eso ya pasaron más de diez años. Yo ya estoy casado y soy maestro de Artísticas. Nunca les dejaría a mis alumnos comprar machetes para un bailable.
Víctor Hugo sigue siendo de mis mejores amigos y actualmente su mamá está delicada de salud. Ojalá se recupere. Así será…
 
Saludos, Víctor hugo…
 
Tleluz
 
 
 
 
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