Nuestros Muertos

Qué bonitos días. Honestamente, disfruto más el día y la víspera de Noche de Muertos que de la Navidad. Así es, toda la gama de elementos que forman el contexto en torno de esta fecha me llena de gusto, orgullo y satisfacción. La Navidad es más tierna, dulce y hasta cursi; sin embargo, la Noche de Muertos cumple todos los requisitos para ir de lo lúgubre a festivo: esas raíces prehispánicas fusionadas con lo que nos trajeron los españoles le imprimen místicas pinceladas de tradición y religiosidad únicas en nuestro país. Por un lado las calaveras, los altares, el pan de muerto, las ofrendas, las flores y la visita a los panteones. Por el otro, los disfraces, los canales televisivos transmitiendo las mejores películas de terror; los niños pidiendo "para su calavera" y ese honorable Halloween que a pesar de que muchos lo han querido desterrar de nuestro territorio nacional, sigue llenando de alegría y motivación a las nuevas generaciones.
Hoy fui al panteón municipal.
 
 La calle olía a muerto -no tengo idea cómo uelan los muertos; pero ese aroma lo relacionamos inmediatamente con los difuntos- y el colorido de los negocios de flores reclamaban mi atención. Decenas de "nichos" ofertando los ramos de flores de muerto, ese amarillo anaranjado, el morado y blanco formaban el contraste con las coronas de tonalidades azules, rosas y blancas que me hacían sentir el perfecto mexicano y el orgulloso Michoacano Purhépecha.
Compramos flores, pude sentir su frescura, su penetrante fragancia y textura. Al llegar al panteón, las vendimias  de comida se hicieron presentes, con cierta admiración me pregunté varias veces cómo la gente se animaba a llevarse a sus intestinos esos tacos, tortas y fruta que seguramente estaban cubiertos de polvo de panteón. Más adentro, los niños nos alcanzaban ofreciendo sus servicios para llevarnos agua, limpiar la tumba o pintar las letras de la cruz. De todos modos, no contratamos a ninguno. Personalmente fui a sacar agua de la pileta, como siempre, agua sucia, con un extraño olor. Esa aparente "fealdad" de todo aquello le daba un sabor agridulce al día. Era como una gripa a mitad de año, como un descanso desagradable; pero necesario.
 
Limpiamos la tumba; con un desarmador aflojé la tierra y le di forma a todo aquello; mi esposa arregló las flores y rezamos un Padre Nuestro. Mis niños estaban contentos, se notaba su gusto por asistir y formar parte de un primero de noviembre. Cuando llegamos a la casa lo primero que hicimos fue bañarnos, descansamos un rato y mis niños se levantaron para salir a "pedir para su calavera"…
 
No quisiera que terminara el día. Me encanta este día. Estoy cansado por el itinerario; pero si lo tuviera que hacer de nuevo, seguramente lo haría. Es un satisfacción difícil de explicar. Me siento como un niño en día de reyes. Es magnífico nuestro país, nuestras tradiciones, nuestro orgullo prehispánico hilvanado con la esperanza de convivir con nuestros muertos.
 
Tleluz
 
 
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