Nube grisásea

Los días nublados y húmedos tienen un extraño y reconfortante efecto sobre mí. Desde que me acuerdo, ese contexto que se pretesenta en días de verano, trae consigo una carga emocional que llega muy dentro mi pecho.
 
¿A qué se debe esto? No lo sé; pero estoy seguro que mi cerebro guarda algún recuerdo importante y lo proyecta de esa manera.
Ayer, cuando salí de la escuela, fue un momento de esos:
 
Eran las ocho con veinte de la mañana. Salí de la escuela y me dispuse a abordar mi auto. Introduje la lleve en la portezuela y cuando volví la mirada al horizonte, me quedé paralizado. Ahí estaba todo aquello; ahí las nubes grisáeas con tonos fríos y azulosos; ahí la neblina que se levantaba a lo lejos y se movía pesadamente y que sólo al no despegar la vista de ella, dejaba ver su desplazamiento.
Saqué la llave lentamente y la guardé en mi bolsillo. Si anteriormente no había tenido tiempo para contemplar todo aquello y si había ignorado el sentimiento que creaba en mí, no podía dejar pasar la oportunidad de viajar hacia adentro de mí y conocer qué tanto podía influir en mi persona todo aquello.
 
Miré detenidamente a mi alrededor. Traté de agudizar mis cinco sentidos y sentir la rica variedad de sensaciones que me cobijaban en ese momento: el frío aire entraba a mis pulmones y dejeba sentir un aroma fresco, agradable y tranquilizante. Olía a tierra mojada. La brisa que caía sutilmente en mis hombros y en medio de aquel silencio dejaba escuchar un minúsculo rocío que acariciaba también mi cara. Cerré mis ojos y traté de recordar algo, cualquier cosa. Sentí una especie de melancolía, algo así como el recuerdo de algún suceso de mi infancia que, aunque me llenó de paz, no dejaba de ser negativo. Era como si en un día como aquel me hubiera graduado de la escuela: una especie de paz y tristeza. Definitivamente, era algo de mi infancia.
 
Abrí los ojos de nuevo y la mancha multiforme, grisásea y azulosa que pretendía ser una nube, parecía que me observaba cautelosa, así como observa un león cuando cuida cada pestaños de su presa. No sé por qué, me dio miedo.
 
Antes de desprenderme de aquel momento hipnótico, eché un vistazo a las plantas que a unos metros se levantaban, verdes y rebozantes de salud, empapadas por un rocío helado y moviéndose de vez en cuando.
 
Subí al auto. Le di marcha. Miré aquella nube y la reté con una mirada profunda. Pareció que ella hizo lo mismo. Bajé la ventanilla y vi por última vez aquel magnífico ambiente parecido a la obra pictórica de algún artista oscuro, acostumbrado a pintar escenas fantasmagóricas, frías y misteriosas.
 
Todavía, a través del retrovisor, vi la magia que había dejado atras. Puse mi vista en el camino y me fui a casa.
 
Tleluz
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Una respuesta a Nube grisásea

  1. patricia maria dijo:

    Hola Chiquillo, me encanta darme cuenta que aun no pierdes esa sensibilidad y esa maravillosa narrativa que me encanta de ti, te amo. Me gusta mucho lo que escribiste
     

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