La Lección de Leo

 

 

 

 

Era una tarde de domingo. La una de la tarde, más o menos.  Estábamos afuera de una tienda de ropa esperando a que mi esposa se decidiera a comprar algo. Leo, Dany y yo, veíamos pasar el mar de gente que se reúne los domingos en nuestra bella Plaza Principal, en esta ciudad. Sobre una banca de esas verdes, miramos cómo una familia se detenía a ver la ropa que se exhibía tras unos cristales. Cada integrante de aquella familia, saboreaba una rica paleta de hielo. Después de envidiar el refrescante manjar, miré con coraje cómo la mamá tomaba el “palito” restante y lo arrojaba al suelo sin la mínima pizca de vergüenza.

 

Miré a Leo, luego a Dany y suavemente les dije que eso que había hecho la señora no estaba bien, que hubiera sido mejor haber caminado tres pasos más y depositarlo en el bote de basura. En eso estaba cuando miré con horror cómo el papá hizo exactamente lo mismo, después la niña; luego, el niño más pequeño…Todos arrojaron su basura en el adoquín de nuestra gloriosa Plaza Principal.

 

 Ya en casa, tupí de información a mis dos niños sobre Ecología, Civismo y cultura ambiental. Me sentí satisfecho de haber “orientado” a mis descendientes sobre lo que NO deben hacer.

 

Ya en la noche y después de visitar a la familia, nos dirigimos a la casa como a las once. Algunos semáforos no funcionaban, otros, muy pocos, sí. Justo en el boulevard, esquina con la calle Heriberto Jara, estaba un semáforo en servicio. Frené el auto con cautela y esperé a que se pusiera el verde. Los segundos se me hicieron horas y vislumbrando hacia todos lados, aceleré velozmente dejando atrás a varios autos que se quedaron atrás esperando a que diera fin el color rojo. Miré por el retrovisor y observé con cierto encanto, cómo era el único “valiente” que se había pasado un alto.

 

Mi sonrisa se borró cuando la voz de Leo rompió el silencio: “te pasaste un alto, papá, hiciste algo ilegal”. Pude haberle dicho algunas palabras para parchar mi falta. No lo hice. Su pequeño gran cerebro de siete años había comprendido la lección y me la hecho saber de golpe, tal cual debe ser. Baje la mirada y le dije que sí, que había hecho lo incorrecto; que no volvería a pasar.

 

Esa noche tuve sentimientos encontrados. Vergüenza por haber sido el protagonista de una “ilegalidad” y satisfacción por tener un niño tan perceptivo, brillante y acertado. Me dormí pensando en el conocido dicho:

 

“El ejemplo, dice más que mil palabras”

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